Efectos del proceso de cambio y la llamada “clase media”

por Valeria Silva Guzmán

Introducción

En los últimos meses en Sudamérica se ha popularizado mucho la idea de las “clases medias” a la hora de hacer balances políticos, sobre todo en torno a los últimos resultados electorales de la región, los cuales no suelen ser favorables a los denominados procesos de cambio. Lo anterior resulta para algunos una consecuencia ingrata porque, según las estadísticas más recientes, son los sectores de ingresos medios los mayoritarios de la población, ergo son los que definen los resultados de los comicios electorales. Esta ingratitud es en sí porque son los gobiernos progresistas los que modificaron la estructura social, sacando a millones de la pobreza para insertarlos en un nivel económico más alto; es decir, hoy el sándwich tiene más jamón y queso que miga de pan. A priori, el reclamo de ingratitud suena lógico; pero es preciso salir de los lugares comunes para empezar a plantear alternativas de análisis e idealmente de gestión, dejando de lado las consignas anquilosadas en el pasado y asumiendo que un país, luego de una década dorada, evidentemente no es el mismo.

Se plantearán entonces tres ejes temáticos de análisis, a partir del caso boliviano. El primero, de manera muy concisa, en torno a las evidencias estadísticas en términos de estructura social. A continuación, se hará una caracterización de la coyuntura política (cierre del 2017 y apertura del 2018) a doce años de gobierno de Evo Morales. Finalmente, se revisará cómo ha transcurrido el debate en torno a las “clases medias” a partir de intervenciones en el mundo de las ideas. Es menester aclarar que este texto no pretende dar definiciones cerradas de la “clase media”, lo cual es una preocupación digna de ser trabajada de manera específica; el análisis y las conclusiones a las que se pretende llegar, se basan en la evidencia objetiva respecto a los ingresos de la población en Bolivia.

El nuevo discurso presidencial

Cada 21 de enero, desde hace once años, el presidente Morales presenta formalmente su informe de gestión ante la Asamblea Legislativa Plurinacional; sin embargo, esto es más que un informe de gestión, es un discurso político que plantea la línea de trabajo para la nueva gestión, a partir de los antecedentes de la que precedió. Así, por ejemplo, en 2006 se anunció la instauración de la Asamblea Constituyente y se planteó la necesidad de sentar soberanía sobre los recursos naturales; el 6 de agosto de ese año se instaló la Constituyente (Schavelzon, 2012) y el 1 de mayo se decretó la nacionalización de los hidrocarburos. Se mencionan estos ejemplos por la importancia de los anuncios como por la evidencia de que en aquel tiempo se marcó un nuevo rumbo para el país: se planteó el cambio. Es lógico, por tanto, que luego de sucesivas medidas a lo largo de los tres gobiernos de Evo Morales haya llegado el cambio: Bolivia se ha refundado en términos de Contrato Social con la Constitución promulgada en 2009; el poder es otro, la calle es otra, la economía es otra.

Como prueba de esto, es digno de estudiar el discurso presidencial de enero de 2018, titulado Hemos transformado el país. Morales ha expuesto la radiografía de un país pujante, campeón de la región en crecimiento económico, pero sobre todo ha expuesto la realidad de un país muy diferente al del 2006. Por un lado, se presentan cinco retos fundamentales para la gestión de Gobierno:

1) consolidar la industrialización,

2) garantizar la universalización de la salud,

3) elevar la calidad de la educación,

4) generar empleo para la juventud, y

5) revolucionar el sistema de justicia.

Por otro lado, se presenta un esquema de país con un Estado que atiende a los nueve departamentos, esto es una línea discursiva novedosa. Se ha informado que Bolivia es un país que siembra más, que produce más alimentos, que construye más, que viaja más, que llama más, que estudia más y que, en general, consume, produce y gasta más. De todos estos datos, interesa particularmente señalar uno: “Nuestra sociedad ya no es una pirámide, ahora la mayoría de la población (58%) tiene ingresos medios” (Morales, 2018), manifestó el presidente Morales, graficando esta afirmación de la siguiente forma:

Entre 2005 y 2017 la clase media aumentó en más de 3 millones de personas. Fuente: Elaboración propia sobre informe presidencial 2018

La falacia de la ingratitud

El anterior dato es una evidencia estadística, social y económica que comprueba el título del discurso, Bolivia ha sido transformada. A partir de esta nueva realidad se han generado muchas interpretaciones de la correspondencia -o no-de este nuevo esquema con la opinión o posición política de esta mayoría de la población. Es más atractivo el sándwich porque lleva más jamón y queso: de un 35 % de población con ingresos medios en 2005, se ha pasado a un 58 % de esta porción de sociedad en 2017. Y aquí es donde la ingratitud de la “clase media” denunciada por algunos sectores conservadores -resistentes a los cambios- del proceso de cambio se vuelve en la falacia de la ingratitud. Es lógico, pues, que si se ha cambiado la realidad material y económica de una gran porción de la sociedad, las aspiraciones de esta también cambien, crezcan y definitivamente se modifiquen. Esta afirmación se explicará más adelante.

El 2017 puede calificarse como un año conflictivo para la hegemonía masista, lo cual evidencia que la buena gestión de lo público reflejada en excelentes datos macroeconómicos no corresponde a la sostenibilidad de la hegemonía política. Las manifestaciones opositoras del 2017 no reclamaron nunca alza de precios, inflación, escasez de mercancías o cuestiones que hacen a necesidades básicas insatisfechas, porque todo esto no dejó de estar bajo control del Estado. Con doce años de gobierno, las dificultades que hoy este atraviesa no tienen que ver con la eficiencia de la administración; todo indica que más bien tienen que ver con el sentido común de la gente, con las conversaciones de la calle, del almuerzo con los compañeros de trabajo o de la tertulia familiar de fin de semana. La gente hoy, en términos generales, no se pregunta cómo andan las reservas internacionales o si mañana faltará pan en la tienda de barrio, porque sencillamente son cosas que están bajo control y bien gestionadas; pareciera que hoy las preguntas y discusiones de la gente giran en torno a aspectos más subjetivos en lo político -por ejemplo, historias de los medios de comunicación que terminan siendo inventadas- y vinculados al deseo, por lo tanto, al consumo -por ejemplo, unas vacaciones en familia o un crédito bancario para la compra de un automóvil-.

A esto hay que sumar la importancia de la cuestión generacional. Estar doce años en el Gobierno significa también que quienes hoy tienen 16 años crecieron bajo una misma administración, por lo cual, no pueden asociar con el cambio los logros del Gobierno -excepto que se trate de gente muy distinta al común, como alguien apasionado por la historia-, pues, para esta generación están naturalizados o son obligaciones que debe cumplir para con la ciudadanía cualquier administrador de lo público. Tomando en cuenta el bono demográfico por el cual atraviesa el país y la región, cabe mencionar que una parte importante del futuro electoral está en manos de las nuevas generaciones. Estas preocupaciones, entre otras, han generado un variopinto debate sobre las denominadas “clases medias”.

Ríos, Liliana (1989). La llorona, grabado

El debate intelectual sobre las “clases medias”

A propósito de lo que se ha denominado aquí la falacia de la ingratitud -ciertos acontecimientos racistas de conocimiento y denuncia pública; además de la situación del mercado y la demanda interna-, se ha generado un momento creativo alrededor de las “clases medias”, que en términos más rigurosos vendría a ser alrededor de la población con ingresos medios. Artículos de periódico, tendencias en las redes sociales, debates de televisión, entre otras plataformas, registraron distintas intervenciones desde todos los sitios de la política. Se revisarán entonces tres ejemplos de opinión; no es de interés de este texto la forma en la cual los sectores con rasgos fascistas han interpretado el debate.

Amaru Villanueva, exdirector del Centro de Investigaciones Sociales de la Vicepresidencia y principal impulsor de lo que fue el mayor proyecto editorial del Gobierno -la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia-, publicó el 25 enero de 2018 un artículo en la revista digital Oxígeno sobre las “clases medias”, en el que plantea algunas hipótesis. Entre ellas se destaca la siguiente:

El 2005 era posible convocar a grandes segmentos de la población con consignas anti-neoliberales, anti-imperialistas, y anti-oligárquicas. El país ha cambiado significativamente en términos simbólicos y materiales en estos 12 años. Sean o no de clase media (o como queramos llamarlos), quienes han salido de la pobreza empiezan a generar expectativas que van más allá de sus necesidades básicas, o su emancipación frente al viejo sistema político y económico. (Villanueva, 2018)

Por su parte, Marcelo Arequipa, analista político y profesor universitario, el 21 de enero tuitteó -probablemente durante el discurso del presidente Evo Morales- que:

La clase media no debe medirse en función de sus ingresos, debe medirse en función de sus aspiraciones. Estas aspiraciones en Bolivia me animo a decir que son: Justicia, Salud, y Educación. (Arequipa, 2018)

Ambas intervenciones siguieron a un extenso artículo de opinión escrito por Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia, en el suplemento de análisis político del periódico más importante de circulación nacional. Empieza García Linera definiendo una clase social:

Una clase social es un conjunto grande de personas que estadísticamente tiene acceso a condiciones de vida más o menos parecidas, por ejemplo, ingresos económicos, propiedades, titulaciones, prestigios o vínculos sociales. Si bien cada persona es un universo diferente a otra en su trayectoria de vida; sin embargo, cuando las estrategias económicas que despliegan, las oportunidades laborales que se les presentan, las maneras generales de enfrentar el porvenir y la forma de apreciar y valorar las cosas del mundo son relativamente convergentes a un espacio común, significa que pertenecen a una misma clase social. Normalmente, todos los seres humanos forman parte de una clase social, sin necesidad de saberlo ni de interesarse por ello. Pero cuando esta similitud de condiciones económicas, culturales y simbólicas son asumidas como una identidad con capacidad de representación, de organización o de convocatoria, estamos ante una clase social movilizada. Es el caso de lo que denominamos la “clase obrera” o “clase campesina” en torno a sus federaciones y sindicatos. O los empresarios en torno a sus cámaras, asociaciones o partidos que logran articular un interés clasistamente diferenciado. (García, 2018).

Continúa aseverando que la “clase media”, entonces, se sitúa al medio de las dos clases ya mencionadas y, según el autor, la forma más común de clasificarla es por sus ingresos monetarios y su capacidad de consumo; dice además que su fuerza clasificatoria es inversamente proporcional a las autoclasificaciones que las propias clases subalternas hacen de sí mismas. A esto adhiere la segmentación y diferenciación al interior de esta clase a partir del capital simbólico de cada conjunto de personas -propiedades, familias, apellidos, títulos, etc.-. De aquella segmentación, infiere García Linera, se pueden distinguir fácilmente por un lado a la clase media tradicional y decadente y, por el otro, a la nueva clase media ascendente. La primera, básicamente, al sentirse desplazada o invadida -y despojada de su tradicional hegemonía-, instala la racialización del discurso político y, en consecuencia, toma posiciones conservadoras que terminan oponiéndose y renegando de la otra clase media.

Ríos, Liliana (1986). Aguafuerte

Conclusiones preliminares

Luego de revisar someramente estas tres líneas de opinión -representativas-, es posible decir que hay un denominador común en la opinión que hace a este debate: que Bolivia hoy es un país mayormente “clasemediero”, que se ha pasado de una estructura social piramidal a una pentagonal, que existen nuevas necesidades y nuevas demandas por parte de la ciudadanía y que, finalmente, este es un momento novedoso que exige nuevas formas de pensar el país. A esto es posible agregar tres elementos complementarios que no son necesariamente aceptados en el debate: primero, que el futuro electoral del país está en manos de la “clase media”, por tanto, poco útil resulta el reclamo de la ingratitud. Segundo, que junto con la estructura económica y social se modifican las demandas y las aspiraciones, por tanto, es imprescindible que se modifiquen también las formas de comunicación para con la ciudadanía; esto específicamente hace referencia a la estética, al lenguaje y a la consigna. Finalmente, que estas operaciones no se deben dirigir a la clase media en el sentido más tradicional de la idea, sino que se debe asumir que la clase media hoy más que nunca se encuentra en barrios populares y en villas y no solo en los territorios tradicionalmente “cómodos”.

Sin ánimos de especular, es muy probable que buena parte del 58 % de la población boliviana con ingresos medios ya haya votado por el MAS en comicios electorales, lo que quiere decir que han creído en la propuesta de cambiar las cosas, ergo, de mejorar el país. Las cosas han cambiado y las estadísticas demuestran que el país ha mejorado. Ahora, al Gobierno y al proyecto político masista le corresponde hacer una lectura correcta de esta nueva realidad: la gente tiene nuevas aspiraciones, de hecho, hay gente nueva -jóvenes- determinando el sentido común de la sociedad.

El discurso del presidente Morales del 21 de enero parece expresar una lectura renovadora y actualizada de la realidad de Bolivia, podría decirse que es el cambio del cambio. Es, finalmente, el proyecto del MAS el que ha transformado el país y le ha permitido a las clases medias realizar sueños y soñar con aún más. No es poca cosa que el presidente haya anunciado que la agenda 2025 será actualizada recogiendo las aspiraciones de la “nueva clase media y de la juventud”, pues otro dato no menor es que la edad promedio en Bolivia hoy es de 27 años. Esto es, probablemente, el preludio de un viraje necesario en la política del MAS que, sumado a la inspiración en las luchas sociales del pasado, puede convertirse en avión electoral.

Foronda Calle, Miguel (2018). A otros tiempos

Bibliografía

Arequipa, Marcelo. Twit del 21 de enero de 2018.

García, Alvaro (2018). “Asonada de la clase media decadente” en Periódico La Razón, suplemento Animal Político del 17/01/2018. La Paz (también disponible en: http://www.la-razon.com/suplementos/ animal_politico/Asonada-clase-media-decadente_0_2858114190.html ).

Morales, Evo (2018). Discurso Presidencial del 21 de enero de 2018, en ocasión del Día del Estado Plurinacional de Bolivia. Ministerio de Comunicación. La Paz.

Schavelzon, Salvador (2012). El nacimiento del Estado Plurinacional de Bolivia. Etnografías de una Asamblea Constituyente. La Paz: Plural.

Villanueva, Amaru (2018). “Clases medias en disputa” en Revista Digital Oxígeno. https://oxigeno.bo/ opinion/27034 (visitado el 26/03/2018).

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